Miniso si, libros no

Mientras el estómago de los Argentinos se pega a las costillas como el bife ancho los centennials hacen fila para comprar borradores con olor a frutilla y peluches de estética sospechosa.

 

Bienvenidos a la Argentina, el único país del mundo donde la gente no llega a fin de mes pero está dispuesta a acampar bajo el rayo del sol en la calle Florida para comprar un extractor de puntos negros con forma de oso panda. El desembarco de Miniso ha causado un furor que ni la vuelta de Oasis ni una liquidación de asado al 50% ha logrado. Hay colas que dan la vuelta a la manzana, gente llorando por un anotador de Hello Kitty y una histeria colectiva que solo se explica si dentro de los muñecos viene escondido un lingote de oro o, al menos, un bife de chorizo.

La propuesta es clara: Miniso vende muñequitos, muñecos medianos, muñecos gigantes y toda una gama de insignes estupideces tácticas que fascinan a coreanos, chinos y, por alguna razón genética inexplicable, a nuestros adolescentes. Es el triunfo del plástico sobre la proteína. En un contexto donde la economía se cae con la gracia del coyote persiguiendo al correcaminos, nosotros decidimos que la prioridad nacional es tener un vasito con sorbete y orejas de gato.

¿Quién convenció a estos empresarios de venir? Sospecho que fue una gestión conjunta entre Lourdes Arrieta, quizás explicándoles que los patitos amarillos en la cabeza son el nuevo estándar diplomático, o el Gordo Dan, en un momento de delirio místico entre tweet y tweet. Porque convengamos que abrir una cadena de “cositas lindas” cuando la gente no come y los precios están más altos que el ego de un panelista de TV, es, cuanto menos, un acto de fe ciega. O quizás simplemente saben que el argentino, ante la tragedia inminente, prefiere abrazar un peluche de tela polar que mirar el resumen de la tarjeta.

Por supuesto, la política no se quedó afuera del reparto de souvenirs. Se comenta en los pasillos de la Rosada que ya hubo intercambio de cortesías. Al Presidente le habrían enviado un muñeco antiestrés (que a esta altura debe estar más apretado que el cinturón de un jubilado) y dos elásticos para atarse el pelo, para que cuando la ley no salga, al menos el flequillo no le tape la visión del caos. A Karina, “El Jefe”, le habrían reservado una campera de Hello Kitty con tachas, ideal para liderar las fuerzas del cielo con un toque de ternura nipona.

Pero el momento de tensión máxima se vivió con Manuel Adorni. El vocero recibió su combo de adornos minimalistas, pero antes de decir “fin”, el inefable Manuel pidió la factura A, el remito, el ticket fiscal y hasta el árbol genealógico del fabricante de los peluches. Hay que justificar los viajes, los departamentos y esos números que cierran menos que un local de ropa a las tres de la mañana. “Si no hay factura, no hay jefatura de gabinete”, habría dicho, mientras guardaba un sacapuntas de diseño en el bolsillo de su saco.

Mientras tanto, en los colegios hay amenazas de tiroteos, la inflación nos respira en la nuca y el asado pasó a ser un mito urbano como el Pomberito. Pero ¡ey!, tenemos Miniso. La calle Florida parece el desembarco de Normandía pero con estética K Pop. Los pibes están ahí, firmes, esperando gastar lo que no tienen en algo que no necesitan.

Así estamos, Argentina. Si el hambre aprieta, siempre podemos hervir un peluche de We Bare Bears. Si están más baratos que el paquete de fideos o el arroz que repetimos como soldados en una trinchera, que vengan los muñecos. Bienvenidos a la era del consumo irónico: no tenemos para el bife, pero el llavero de palta no nos falta. ¡Buen provecho, Miniso!

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