Caída del consumo, invasión de productos importados y pérdida del poder adquisitivo el cóctel perfecto que hunde a los productores de ropa.
La industria textil argentina atraviesa su crisis más profunda de la última década, registrando a principios de 2026 un desplome del 23,9% en su actividad. Según el último informe de la Federación de Industrias Textiles Argentinas, este retroceso es el mayor desde que se inició la serie estadística en 2016, situando al sector en un escenario crítico que contrasta con la leve recuperación de otros rubros económicos.
Mientras la industria general utilizó el 53,6% de su capacidad instalada, las fábricas textiles operaron apenas al 24%, evidenciando una parálisis productiva sin precedentes.
El fenómeno presenta una paradoja alarmante: aunque el volumen de ventas en supermercados y shoppings mostró un crecimiento real, la rentabilidad es negativa. Desde la Fundación Protejer advierten que gran parte de estas operaciones se realizan a precios por debajo de los costos para intentar sostener el consumo.
Para colmo gran parte del consumo se orienta a productos importados, señalan desde la entidad, marcando la presión que ejercen los artículos terminados sobre la manufactura local.
La situación se agrava por el ingreso de mercadería a valores declarados irrisorios, lo que sugiere prácticas de subfacturación.
La Federación de Industrias Textiles detectó remeras de algodón a menos de un centavo de dólar y jeans por debajo de un dólar, una competencia que califican de desleal.
Los industriales textiles aseguran que este patrón recurrente “demanda acciones que eviten distorsiones en las condiciones de competencia para resguardar la producción nacional”. El costo social de esta crisis ya es tangible: en el último año se perdieron 12.000 puestos de trabajo formales, acumulando una destrucción de más de 20.000 empleos desde inicios de 2024 en los rubros textil, confección y calzado.
