Desorientados por la falta de convicción varios políticos que decían sentirse republicanos buscan acomodarse en las opciones populistas que hasta ayer rechazaban.
En un giro que dejaría a Maquiavelo pidiendo clases particulares de pragmatismo, la política bonaerense asiste hoy a la consagración de un nuevo deporte nacional: el transformismo desorientado.
Aquellos militantes que antes custodiaban las instituciones con espíritu republicano en el Congreso, han descubierto que la “República” es, en realidad, un concepto sumamente elástico, capaz de estirarse hasta encajar cómodamente en el despacho de Axel Kicillof.
Emilio Monzó y Nicolás Massot, cerebros de la arquitectura institucional del PRO, han decidido que el aire puro de la provincia se respira mejor con aroma a asado peronista, sellando un acercamiento que tiene tanto de ideológico como un desierto de humedad.
Resulta llamativa la metamorfosis de quienes, tras años de denunciar al populismo hoy encuentren puntos de contacto tan profundos con el peronismo de los varones del conurbano bonaerense.
Para los republicanos las formas y las instituciones deben estar por encima de las conveniencias políticas y electorales de ocasión.
Pero claro, frente al avance de las huestes libertarias, hay otros republicanos de ocasión como Patricia Bullrich que confunden la división de poderes con una motosierra.
Monzó y Massot han optado por el refugio de la “pata peronista” que siempre llevaron escondida bajo el traje de etiqueta legislativo.
La ironía es deliciosa: algunos conversos se arrojan a los brazos del anarcocapitalismo creyendo que demoler el Estado es el pináculo de la libertad civil, otro grupo corre hacia el calor de la estructura populista bonaerense.
Al parecer, la República no era un sistema de frenos y contrapesos, sino una estación de transbordo. Para los que todavía no entendieron el concepto, ser republicano en la Argentina consiste básicamente en ser coherente en las ideas y en los hechos. Si Milei es el precipicio, Kicillof es la red de contención, aunque esa red esté tejida con los mismos hilos que antes juraban cortar.
No están solos en este desfile de conversiones. Miguel Ángel Pichetto, el eterno guardián del orden que ahora intercambia elogios con intendentes de La Cámpora y visita el departamento de Cristina Kirchner buscando “reconciliaciones”, completa el cuadro de esta naturaleza muerta. El peronismo, siempre generoso y de estómagos anchos, les abre la puerta bajo la premisa de construir un “frente anti Milei”. Es fascinante observar cómo la dirigencia política argentina ha perfeccionado el arte de la amnesia colectiva. Lo que antes era “el límite”, hoy es “el compañero de ruta”. La estrategia de Monzó de armar un frente para el 2027 junto a quienes hasta hace cinco minutos eran el epicentro del mal institucional, demuestra que en la política criolla el único valor sagrado es el de la supervivencia. Al final del día, parece que para salvar a la República, primero hay que aprender a cantar la marcha con la mano derecha, mientras con la izquierda se busca el próximo sello de goma que asegure la permanencia en el juego.
