Arenas movedizas

Como en zonas pantanosas el Gobierno no logra hacer pie y cuanto más bruscos son sus movimientos más se hunde en sus fragilidades políticas y económicas.

 

En un escenario delicado al que llegó por estricta voluntad propia, porque nadie lo empujó, aunque prefiera ver conspiraciones en cada rincón, el Gobierno parece hoy un auto atrapado en una rotonda infinita: gira sobre su propio eje, quema caucho y, para desgracia de sus tripulantes, se está quedando sin nafta. Empecinado en defender lo indefendible, como el caso “Adorni Propiedades”, el oficialismo ha logrado la proeza de perder la iniciativa política en tiempo récord. Le coparon la agenda, le arrebataron el micrófono y la empobrecida clase media, esa que todavía intenta descifrar si es “casta” o “león”, está a un paso de mudar sus deudas y sus sueldos magros directamente al asfalto.

El reloj de arena de la carrera electoral para el 2027 ya fue dado vuelta y los partidos políticos empezaron a mover sus piezas. El PRO, ese aliado que siempre parece estar esperando que el Gobierno de el salto de calidad, se reagrupa con la idea de resucitar a Juntos por el Cambio, enviando señales a sus antiguos socios. Mientras tanto, el peronismo ensaya su deporte favorito: tratar de despejar internas infinitas mientras busca un rumbo, o al menos un GPS que no esté configurado en modo “autodestrucción”.

El modelo económico de Javier Milei atraviesa su etapa más crítica. La centralidad de la agenda pública, que antes era un monólogo tuitero, ahora es un diálogo de sordos donde la conflictividad social empieza a ganar la calle. A pesar de los esfuerzos casi desesperados de la Casa Rosada por mantener a raya a los gobernadores “dialoguistas” mediante el goteo discrecional de ATN y fondos de la ANSES, el malestar en las provincias es tan inocultable como un elefante en un bazar. Entre la parálisis del transporte y la agonía de las economías regionales, el federalismo libertario se parece cada vez más a un sálvese quien pueda.

Esta fragilidad se ve sazonada por denuncias de corrupción que golpean el núcleo duro del oficialismo, astillando esa imagen de transparencia inmaculada que intentaron vender como marca de agua. En este río revuelto, una opción de centro republicana empieza a asomar la cabeza, capitalizando el hartazgo de una clase media agotada por un ajuste que, de tan “quirúrgico”, parece haber olvidado la anestesia.

La situación financiera ha entrado en una fase de anomalía que enciende alarmas en la City porteña. Con una inflación que se resiste a bajar al ritmo de las promesas y un poder adquisitivo que ha sufrido una caída vertical, los inversores han pasado del amor ciego a la cautela extrema. El círculo rojo teme que el deterioro social, con una desaprobación que ya perfora el techo del 60%, fuerce al Gobierno a traicionar sus propios dogmas. El miedo es que, ante el abismo, el oficialismo caiga en el populismo que tanto despreció, buscando soluciones mágicas que no domina.

Mientras el presidente pide paciencia desde el ecosistema digital, la realidad territorial, marcada por cierres de plantas y despidos, proyecta sombras de incertidumbre. El idilio con el mercado se ha fracturado: hoy ya no alcanzan ni los gestos, ni las promesas, se exigen señales de sostenibilidad política. En este contexto, la oposición republicana se perfila como el garante de una estabilidad que el modelo actual, en su laberinto de soberbia y escasez, parece no poder asegurar. El león grita, pero el bolsillo llora, y en esa brecha se juega el destino de un esquema que empieza a descubrir que gobernar es algo más complejo que ganar una batalla cultural en las redes.

 

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