Bienvenidos al país con el guion más caro del mundo, donde la lógica se tomó una licencia por psiquiatría y el sentido común es un inmigrante deportado.
En Argentina, la realidad no supera a la ficción; el reality-show, la humilla y la deja llorando en un rincón pidiendo por favor que alguien le explique el árbol genealógico del poder. Vivimos en una Nación lisérgica donde el Presidente sigue apostando a su Tierra Prometida que parece quedar siempre un semestre más allá, custodiada por su hermana, “El Jefe”, que pasea a Manuel Adorni como quien saca a caminar a un Golden Retriever con léxico de diccionario Larousse. Adorni, el hombre que “finiquita” la realidad todas las mañanas, parece ser el único accesorio de moda que la Secretaría General de la Presidencia considera indispensable para combinar con el ajuste.
Mientras tanto, en el Gabinete, el Jefe de Ministros, Manuel Adorni, nos regala una lección de economía doméstica que ni en la Universidad de Chicago se atrevieron a dictar: el Teorema de la Abuela Dadivosa. Resulta que al hombre no le cierran las cuentas blancas ni con fórceps, pero siempre aparece una donadora anónima, una tía del cariño o un amigo con exceso de liquidez que le financia los viajes.
Es fascinante. Nosotros, los periodistas de a pie, para ir a Chascomús a ver si el agua del espejo todavía está ahí, tenemos que sacar un préstamo a 24 cuotas con intereses que harían palidecer a un usurero medieval. Pero en las altas esferas, la plata fluye por ósmosis familiar. Es la primera vez en la historia que el “vínculo afectivo” cotiza en bolsa y paga viajes aéreos.
Del otro lado de la grieta, el panorama es igual de psiquiátrico. El Partido Justicialista, ese gigante que ahora parece un consorcio de edificio en llamas, intenta colgarse de cualquier rama para no caer al vacío. Axel Kicillof, nuestro paladín del manual del pequeño comunista ilustrado, salió con los tapones de punta porque Adorni compró queso y dulce de batata.
La confusión es de una profundidad filosófica aterradora: como el Gobernador le tiene alergia a cualquier cosa que huela a bota, uniforme o jerarquía, escuchó que el postre se llamaba “Vigilante” y pensó que era una provocación de la Bonaerense. Casi pide un hábeas corpus para la batata. En su cabeza, una porción de queso y dulce no es una merienda, es un operativo de saturación policial en el paladar.
Si usted cree que la política se dirime en el Congreso, es porque todavía usa Internet Explorer. Las verdaderas “peleas de fondo” ocurren en el barro digital. Lilia Lemoine y el “Gordo Dan” se trenzaron en una riña que dejó el conventillo de la Paloma como una reunión de té en el Palacio Buckingham.
Se dijeron de todo, menos “lindo”. Se sacaron los cueros al sol con una virulencia tal que uno se pregunta si no nos equivocamos de casting. Con este nivel de agresividad y chusmerío de alto vuelo, la Secretaría de Medios está desperdiciada: Yanina Latorre debería ser la vocera oficial. Al menos ella te tira la primicia del ajuste con un “¡LAM!” y te sentís parte de algo importante mientras te embargan la heladera.
La economía real, esa que no entiende de hilos de “X” (Twitter), nos tiene comiendo carne de burro porque el novillo se volvió una especie protegida para museos de ciencias naturales. El burro es barato, es rústico y, según cómo lo condimentes, hasta parece que no te están tomando el pelo.
Y para rematar el surrealismo, aparece Daniel Scioli, el hombre que tiene más vidas que un gato con chaleco antibalas. El “Pichichi” ahora vende la temporada de invierno en Bariloche con 27 grados a la sombra. Si no hay nieve, no hay problema: se tira telgopor en la cara, dice que está en los cerros, se le pone un filtro de Instagram a la realidad y “le metemos fe y esperanza”. Argentina es el único lugar donde podés esquiar sobre derivados del petróleo mientras te agarrás una insolación en plena cordillera.
Pero no se queda ahí. Mientras el país se debate entre el colapso y la resurrección, tenemos otros hechos que merecen un busto de mármol:
La guerra contra los mosquitos: El gobierno tardó tanto en decidirse que los mosquitos ya tienen personería jurídica y están pidiendo paritarias.
Nuestras relaciones internacionales se manejan según a quién le de “like” el Presidente en la madrugada. Si el algoritmo decide que somos amigos de Mongolia, mañana estamos exportando dulce de leche a Ulán Bator.
Subirse a un colectivo es ahora una experiencia de lujo. El boleto cuesta lo que un brunch en Palermo Soho, pero sin la palta y con el riesgo de perder un riñón en el frenazo.
Estamos viviendo en una peli de Woody Allen Somos un experimento sociológico donde el laboratorio explotó hace rato, pero los científicos siguen anotando resultados en una servilleta manchada con grasa de burro. Argentina: no lo entenderías, y si lo entendés, probablemente necesites medicación.
