El CBU de la Patagonia

Hay días en los que me despierto con la sensación de que Dios es un guionista de comedias de bajo presupuesto que se quedó sin guita para efectos especiales, pero le sobra imaginación para el absurdo.

 

Mi psicoanalista dice que sufro de “angustia existencial rioplatense”, que es como la angustia de Sartre, pero con más yerba mate y menos esperanza de que el peso sirva para nivelar una mesa coja.

Pero hablemos de la noticia que realmente acaricia el alma de cualquier contador con tendencias psicopáticas: la Cámara de Casación decidió organizar la feria de garaje más grande de la historia. Los jueces se despertaron con ganas de hacer arqueología financiera y mandaron a ejecutar todos los bienes de Cristina y sus herederos. La cifra es una caricia al surrealismo: $684.990.350.139,86.

Me fascina el “,86”. Ese nivel de precisión matemática en un país donde no sabemos cuánto va a costar el kilo de pan en quince minutos es, como mínimo, poético. ¿Qué piensan cobrar con esos 86 centavos? ¿Un caramelo masticable que quedó pegado en el fondo de un bolso de López? Es la primera vez que veo una cifra que tiene más dígitos que la distancia a la galaxia de Andrómeda, mientras yo sigo peleando con el cajero automático porque no me reconoce un billete de mil pesos que tiene una mancha de dulce de leche y olor a derrota.

Lo de Cristina fue una obra maestra del ilusionismo. Nos tuvo años mirando el truco de la “redistribución” mientras, por atrás, se llevaba la Patagonia en una valija de doble fondo. El discurso era una cortina de humo tan espesa que ni los meteorólogos en paro podrían haber visto venir el saqueo. Y para distraernos del todo, nos dejó el regalo de Alberto Fernández, un hombre con la profundidad intelectual de un Teletubbie con fiebre y el carisma de un perro caliente que se te trepa a la pierna con intenciones dudosas.

Mientras Alberto ponía cara de estadista y terminaba pareciendo un extra de una película de Olmedo, “La Jefa” hacía de las suyas. Tuvimos un latin lover de cotillón ocupando el Sillón de Rivadavia —cuya única función era no romper nada mientras ella contaba los billetes— y un chofer que, en lugar de manejar, se convirtió en el sucesor de García Márquez, escribiendo una saga de realismo mágico donde los bolsos con dólares volaban como mariposas amarillas hacia Olivos.

Imagino el remate judicial.

—”¡Sale un hotel con vista al glaciar y muy poco uso!”.

—”¡Sale un juego de living que vio pasar la historia, varios pactos con Irán y algunos secretarios que hoy son millonarios por obra y gracia del Espíritu Santo!”.

Es el humor absurdo llevado a la contabilidad pública: queremos cobrarle a alguien una cifra que no entra en una calculadora científica, mientras la justicia argentina demuestra que es más rápida que un rayo para archivar lo que quema y más lenta que una tortuga con asma para encontrar los vueltos.

Al final, el argentino es un milagro biológico. Tenemos un circuito integrado de resignación mezclado con una capacidad infinita para el sarcasmo. Si no nos reímos de que nos robaron hasta el apellido mientras buscamos el paraguas que nos olvidamos en el colectivo, tendríamos que aceptar que estamos todos locos. Y eso, amigos, sería demasiado poco científico. Me voy a buscar mi paraguas; me parece que se viene el agua, aunque el pronóstico diga que hoy es un día radiante en el Sahara.

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