La casta no se va…la casta no se va

La distancia entre la narrativa “anti-casta” y la realidad del poder tensiona los cimientos éticos del oficialismo. Entre viajes de lujo, ascensos familiares y créditos cuestionables, la República exige coherencia.

 

El ascenso de Javier Milei al poder se cimentó sobre una promesa de ruptura absoluta: el fin de la “casta”, esa estructura de privilegios donde la política se servía del Estado en lugar de gestionarlo. Sin embargo, el ejercicio del Gobierno está demostrando que las estructuras de beneficio personal son más resistentes de lo previsto, o bien, que la seducción del privilegio no distingue entre nuevas y viejas guardias.

Uno de los puntos de mayor fricción ética se centra en la figura de Manuel Adorni. El actual jefe de gabinete, ascendido a ministro con el correspondiente aumento salarial, personifica una de las críticas más recurrentes hacia la gestión: la expansión de la estructura familiar dentro del Estado. El nombramiento de su hermano, Francisco Adorni, como asesor en el Ministerio de Defensa con una remuneración millonaria, choca de frente con la retórica de austeridad y meritocracia que el Presidente suele pregonar.

Este tipo de movimientos no sólo erosiona la credibilidad del discurso oficial, sino que desdibuja la línea entre la función pública y el beneficio del clan, una práctica que el propio Milei denunció sistemáticamente durante su campaña.

A esta situación se suma la controversia por funcionarios que, en uso de sus posiciones de influencia, habrían solicitado créditos al Banco Nación bajo condiciones o circunstancias que, de mínima, resultan éticamente cuestionables. El uso de la banca pública para beneficio de la cúpula administrativa representa un retroceso hacia las prácticas discrecionales que se prometieron erradicar.

Cuando un funcionario utiliza el aparato estatal para asegurar su bienestar financiero personal, mientras el resto de la sociedad atraviesa un ajuste histórico, la “superioridad estética y moral” que reclama el oficialismo se convierte en una cáscara vacía.

La esencia de una República no reside únicamente en ganar elecciones o bajar la inflación; reside en la ejemplaridad de quienes detentan el poder. El republicanismo exige: igualdad ante la ley y que un funcionario no tenga acceso a beneficios que un ciudadano común no posee.

Una austeridad real no como un eslogan de redes sociales, sino como una práctica de vida pública.

La rendición de cuentas constante sobre por qué y cómo se utiliza el dinero de los contribuyentes. A esto el republicanismo llama transparencia

Un verdadero republicano entiende que el cargo es una carga pública, no un botín. El respeto por las instituciones implica comprender que el Estado no es una herramienta para colocar familiares ni para obtener préstamos preferenciales, ni viajes lujosos, ni criptomonedas sospechosas. La “casta” no es solo un grupo de personas; es un comportamiento oscuro. Si el Gobierno actual adopta los mismos vicios que denunció, corre el riesgo de convertirse simplemente en la nueva versión de aquello que juró destruir. La República no necesita mesías, necesita ciudadanos honestos en el ejercicio del poder.

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