Crónica de una mudanza: del “vuelva y vea” al “quédese y ni me vea”.
Mis queridos compatriotas de esta bendita nación que tiene la resiliencia de un coyote y la billetera de un dibujo animado! Entramos en la máquina del tiempo, pero cuidado, que no funciona con plutonio sino con choripán recalentado y nostalgias de un pasado que, si fuera por el INDEC, nunca existió.
El peronismo, esa gran familia italiana donde todos se quieren hasta que alguien saca el cuchillo para cortar la herencia, está viviendo su propio The Walking Dead. Pero acá no comen cerebros, comen cargos públicos.
Empecemos por La Jefa. Pobrecita, la tienen como a la abuela que en Navidad se toma dos sidras “La Farruca” y empieza a ventilar que el tío Cacho se quedó con el terreno de la costa. En el PJ le pusieron un bozal de seda porque sus verdades duelen más que un aumento de prepaga. Está ahí, condenada, silenciada, mientras los que le pedían autógrafos en las servilletas ahora la miran como si fuera un pariente lejano que trae mala suerte. ¡Qué ingratitud, señores! Del “Cristina eterna” pasamos al “Cristina, ¿por qué no te vas a ver las flores a El Calafate?”.
Mientras tanto, en la Provincia, tenemos al Ayatollah de La Matanza. Un muchacho que gobierna Buenos Aires con la mística de un cruzado y el presupuesto de un videoclub de los 90. Tiene la provincia como si Donald Trump —ese señor que te hace una guerra con dos clips de papel y una mirada de desprecio— hubiera pasado a saludar con un bombardero de bajo costo. Está todo roto, pero él te lo explica con un gráfico de barras que solo entienden él y su peluquero. ¡Es la resistencia! Una resistencia que consiste en esperar que el resto del país explote mientras ellos cuentan cuántos baches nuevos aparecieron en el Camino de Cintura.
Pero lo más lindo es la vuelta de los muertos vivos. Tenemos a Miguel Ángel Pichetto. ¡Un aplauso para el hombre camaleón! Pasó por la izquierda, por el centro, y como ahora dicen que no hay peronismo de derecha (claro, Perón era un hippie que vendía sahumerios en Plaza Francia, no un General formado con la estética de Mussolini, ¡no me fallen con la memoria!), Pichetto se fue con Macri. Pero ahora, como quien no quiere la cosa, pegó la vuelta a San José 1111. Quiere armar algo con Cristina. Es como un billete de tres dólares con un unicornio azul: no existe, no circula, pero te lo quieren vender como pieza de colección.
Y no nos olvidemos de los pilares de nuestra decadencia:
Sergio Massa: El ilusionista del “Plan Platita”. Arruinó el peso con la misma velocidad con la que uno se arrepiente de un tatuaje, y ahora nos explica desde el zoom cómo se arregla la economía. ¡Un fenómeno! Te quema la casa y después te critica porque el matafuegos que te queda es de otra marca.
Kid Cachetada Fernandez: ¡El expresidente! El hombre que logró la proeza de ser el peor de la historia en una competencia donde el nivel era bajísimo. Sale a criticar a Milei con la autoridad moral de un lobo dándole consejos de seguridad a un cordero.
La verdad, mis amigos, es que al peronista promedio la palabra “República” le da alergia, les sale un sarpullido que solo se cura con un decreto de necesidad y urgencia. Les molesta la democracia porque, convengamos, eso de que el voto de doña Rosa valga lo mismo que el del puntero de Berazategui es una desprolijidad del sistema.
Así estamos, viendo cómo los mismos que chocaron el tren se pelean por ver quién maneja la locomotora que está en el fondo del precipicio. ¡No se vayan que ahora viene lo mejor! O lo peor, que en este país siempre es lo mismo.
