Es Él

Mientras el gobierno se consume en la pirotecnia ideológica y la oposición tradicional deambula sin brújula, el expresidente emerge como el único garante de un programa de desarrollo serio, respaldado por equipos técnicos probados y una red de influencia global que su actual sucesor apenas puede soñar.

 

Argentina atraviesa hoy un desierto de gestión que la retórica no alcanza a ocultar. El gobierno de Javier Milei, si bien ha logrado instalar un cambio de época cultural, se enfrenta a una realidad de gestión fragmentada. Las redes sociales no reemplazan a los ministerios y la afinidad de ideas no sustituye a las relaciones de Estado. En este escenario, el tablero político muestra piezas desgastadas: el peronismo sigue sumergido en una guerra de guerrillas interna, buscando liderazgos que no aparecen más allá del refugio bonaerense, mientras que la izquierda ha quedado reducida a un testimonio marginal, desconectada de una sociedad que ya no compra recetas colectivistas.

Sin embargo, en el centro de este laberinto, la figura de Mauricio Macri comienza a recortarse con una nitidez que inquieta a propios y ajenos. No es solo una cuestión de experiencia; es una cuestión de método y red.

La mayor debilidad de la etapa actual ha sido la improvisación en los cuadros de mando. Macri, por el contrario, mantiene activo el único “gobierno en las sombras” con capacidad de ejecución inmediata. A través de sus fundaciones y el armado del PRO, el expresidente ha preservado un arsenal de técnicos que no necesitan aprendizaje. Su visión es clara y sin ambigüedades: una Argentina abierta al mundo, sin empresas estatales deficitarias que funcionen como cajas políticas y con un respeto sagrado por la propiedad privada.

El plan de Macri no se basa en el ajuste por el ajuste mismo, sino en la atracción masiva de inversiones. A diferencia de los experimentos actuales, Macri entiende que el capital no llega por un “like” en redes, sino por la confianza que generan los equipos sólidos y los marcos legales estables.

Mucho se ha hablado de la sintonía entre Milei y Donald Trump, pero la política internacional se nutre de historias, no de fotos de ocasión. Mauricio Macri conoce y trata a Trump desde que tenía 25 años. Su relación no es una coincidencia ideológica de campaña; es un vínculo personal forjado en décadas de negocios y política de alto nivel.

“Mientras otros buscan una foto en Mar-a-Lago, Macri tiene el teléfono directo del hombre más poderoso del mundo desde hace cuarenta años. Esa es la diferencia entre un aliado de ocasión y un socio estratégico.”

Esta cercanía es el puente de oro que Argentina necesita para volver al mercado de capitales. Macri es el único dirigente argentino capaz de sentarse a la mesa con los grandes fondos de inversión y garantizar que el país no volverá a caer en el populismo. Su presencia en el escenario global es un activo que el país está desperdiciando.

Para un eventual retorno, la especulación sobre el acompañamiento es clave. Se descarta de plano a figuras que hoy ocupan roles institucionales de tensión, como Victoria Villarruel, cuyo perfil responde a otras batallas. El entorno de Macri mira hacia la renovación y la eficiencia territorial.

Aquí es donde el nombre de Soledad Martínez, la intendenta de Vicente López, cobra un peso específico determinante. Martínez representa la síntesis perfecta del “modelo PRO”: gobierna uno de los municipios más exigentes del país con niveles de aprobación récord.

Es una dirigente pura del riñón macrista, formada en la escuela de la eficacia y el bajo perfil mediático en favor del resultado. Aporta la juventud y la visión de género necesaria para una propuesta que busque seducir a un electorado moderno.

La actitud más importante para el futuro cercano reside en la decisión de Mauricio Macri de salir nuevamente a hablarle a la gente. Si el expresidente decide recorrer el país, no con promesas vacías, sino mostrando sus planes detallados y sus equipos de trabajo, el escenario de 2027 (o antes, si la crisis de gestión se profundiza) cambiará radicalmente.

Argentina necesita inversiones, no solo esperanza. Necesita empresas privadas eficientes, no nichos estatales. Y, sobre todo, necesita un líder que no tenga que explicar quién es cuando llega a Washington o Wall Street. Macri tiene la llave de esa confianza. Si se decide a dar la vuelta por el país, recordándole a los argentinos lo que es tener un equipo de verdad y un plan de país serio, el camino hacia la normalidad económica estará, por fin, pavimentado.

 

 

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