El ministro de Economía, Luis Caputo, viaja a Washington para negociar un desembolso de US$1000 millones, buscando un “waiver” para recalibrar metas tras incumplir significativamente la acumulación de reservas.
Los números, esos fríos delatores que no entienden de épicas ni de relatos, han comenzado a proyectar una sombra incómoda sobre el tablero oficial. Mientras la industria se desploma un 8,7% interanual y el consumo encadena diez meses de agonía, el ministro Luis Caputo prepara las valijas para otra incursión en Washington. No viaja solo: lo acompañan Santiago Bausili y el peso muerto de una realidad económica que se empeña en desmentir las planillas de Excel. Con una inflación que parece haber encontrado en el 3% mensual un refugio acogedor y subsidios energéticos que crecen a contramano del ajuste, el “Messi de las finanzas” busca convencer al FMI de que el rumbo es el correcto, aunque las reservas netas exhiban un rojo de 14.100 millones de dólares.
La ironía de este vigésimo tercer acuerdo es que, a un año de su firma, el Gobierno debe mendigar un perdón por haber incumplido la meta de acumulación de divisas por 13.000 millones de dólares. Un detalle menor para quienes confían en que la fe mueve montañas, aunque en los pasillos del Fondo prefieran las garantías líquidas.
Caputo llega a la Asamblea de Primavera con la intención de “recalibrar”, eufemismo elegante para pedir que le corran el arco, y obtener un desembolso de 1.000 millones que ya está demorado desde enero.
El diagnóstico es una contradicción viva: el Banco Central compra dólares a destajo, pero las reservas brutas apenas se enteran, evaporándose en pagos de deuda y transferencias al Tesoro.
Argentina sigue siendo el mayor deudor del FMI con 56.000 mil millones de dólares. Entre foros del G20 y cafés informales con Kristalina Georgieva, el ministro intentará explicar por qué, en el país de las metas trimestrales, lo único que vuela hoy son los alquileres y el precio de la carne.
