Hombre mirando al sudeste

Milei en su laberinto. La oposición peronista entre internas y la disolución del kirchnerismo y, el factor Macri

 

Argentina transita marzo de 2026 bajo una paradoja que desafía cualquier manual de ciencia política tradicional. El presidente Javier Milei exhibe con orgullo planillas de Excel donde el superávit fiscal es sagrado, el riesgo país se desploma y la base monetaria parece domesticada. Sin embargo, fuera de los despachos de la Casa Rosada, en la mesa de la clase media que lo ungió con su voto, la realidad es de una hostilidad asfixiante. La “macro” brilla, pero la “micro” agoniza en un goteo incesante de suba de precios que no dan tregua y salarios que, en términos reales, han quedado cristalizados en un pasado de mayor bienestar.

¿Por qué Milei se ocupa obsesivamente de la macroeconomía y parece ignorar el desplome del poder adquisitivo del sector que lo hizo presidente? La respuesta radica en su concepción dogmática del Estado. Para el mandatario, su única misión es “limpiar las cañerías” del sistema: eliminar el déficit y la emisión. Bajo su óptica, el salario no debe ser una construcción política o una decisión de decreto, sino el resultado residual de una economía que vuelve a crecer tras décadas de estancamiento.

El problema es que el “mientras tanto” está devorando a la clase media. Los profesionales, pequeños comerciantes y empleados registrados han visto cómo sus ingresos se licúan frente a tarifas de servicios públicos que buscan el equilibrio fiscal y prepagas que ajustan por costos reales, sumado al “fantasma” del desempleo que acecha la mente de los trabajadores. El gobierno ha decidido que el costo del ordenamiento macro lo pague el sector privado formal, bajo la premisa de que, una vez estabilizado el barco, la inversión privada hará el resto. Pero la inversión es un animal tímido que no termina de aparecer en la magnitud necesaria para recomponer los bolsillos y que además maneja tiempos muy distintos a los de poder llegar a fin de mes.

De cara a las elecciones del año próximo, la gran incógnita es si el relato de la “herencia recibida” y la “luz al final del túnel” resistirá un tercer año sin dinero en la calle. Históricamente, en Argentina, se vota con el bolsillo. Sin embargo, Milei cuenta con una ventaja competitiva inédita: la caída libre del peronismo-kirchnerismo.

Hoy, la oposición mayoritaria se encuentra en un estado de fragmentación atomizada. Sin un liderazgo claro, con figuras centrales enfrentando procesos judiciales o retiradas en el silencio, el peronismo no logra articular una propuesta superadora. La narrativa oficialista de “ajustar para no ser Venezuela” sigue siendo un pegamento eficaz para un electorado que, aunque sufre, tiene pánico de volver al modelo anterior. Si Milei logra mantener la inflación en niveles de un dígito bajo y evita una nueva devaluación brusca, es probable que la fragmentación opositora le permita una victoria, no por amor a su gestión, sino por el espanto que genera el pasado. Pero cuidado: la paciencia social es un recurso no renovable.

En este tablero de ajedrez, emerge una figura que podría cambiar las reglas del juego: Mauricio Macri. El ex presidente observa desde las sombras cómo su “heredero” libertario aplica el programa que él siempre soñó, pero con formas que lo mantienen a distancia.

Si Macri decidiera presentarse para pelearle la centralidad a Milei, estaríamos ante una interna caníbal por el voto de centro-derecha. Macri posee la estructura territorial del PRO y el respaldo de sectores del establishment que ven a Milei como un “loco necesario” pero impredecible. ¿Tiene posibilidades? Sí, especialmente si la clase media ve en él un “cambio con gestión”, alguien que promete el mismo rumbo económico pero con un equipo más experimentado y modos menos confrontativos.

Macri ya conoce los riesgos de la turbulenta economía argentina, los sufrió en carne propia. Su próximo desafío será diferenciarse de la novedad “Mileísta” que aún representa el Gobierno.

Si el León logra domar la inflación antes de 2027, Macri deberá encontrar las movidas ajedrecísticas exactas que posicionen al PRO como una alternativa mucho más respetuosa, inteligente y próspera para los que esperan alivio en sus flacos bolsillos. Pero si la economía real sigue en el freezer y el descontento social escala, el líder del PRO podría presentarse como el capitán que tome el timón y rescate al barco antes del naufragio definitivo.

Milei está apostando todo a una ficha: que la macroeconomía sanee el país antes de que la sociedad le quite el apoyo. Ganar las próximas elecciones sin poner dinero en los bolsillos es posible solo si la oposición sigue en su laberinto de egos. Pero gobernar un país con el Congreso a favor y la calle en contra es una receta para la inestabilidad. El presidente debe entender que la macroeconomía es el medio, pero el bienestar de la gente es el único fin que garantiza la supervivencia política.

Deberá mirar todos los puntos cardinales de un país complicado  y no quedar paralizado sólo mirando al sudeste.

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