El dato y el plato

Argentina registra su índice de pobreza más bajo en siete años, situándose en un 28,2%; sin embargo, la mejora estadística choca con la realidad de 13 millones de personas que aún no logran salir del pozo.

 

 

En el complejo tablero de la economía argentina, las estadísticas acaban de arrojar un respiro que, aunque técnicamente positivo, deja un sabor agridulce. Según los últimos datos del INDEC correspondientes al segundo semestre de 2025, la pobreza retrocedió al 28,2%. Se trata de una cifra que no se avistaba desde 2018, marcando una ruptura con la inercia de crisis que arrastró al país durante casi una década.

Sin embargo, en el periodismo de fondo, los porcentajes suelen ser anestésicos que ocultan rostros. Detrás de ese 28,2% se esconden 13,4 millones de argentinos que, a pesar de la recuperación macroeconómica, siguen mirando la vitrina desde afuera.

La caída desde el 31,6% previo es innegable. La estabilización de la moneda y una desaceleración inflacionaria —que finalmente empezó a correr por detrás de los salarios formales— permitieron que una masa crítica de la clase media baja cruzara la línea de flotación. La indigencia también acompañó esta tendencia, bajando del 6,9% al 6,3%.

Pero, ¿es esto un éxito rotundo o un alivio transitorio? Al investigar la composición de esta mejora, se observa un fenómeno de “trabajadores pobres” que persiste. Si bien el empleo ha crecido, la calidad del mismo y el costo de la Canasta Básica Total (CBT) siguen siendo el cuello de botella. Muchos de los que hoy “salieron” de la pobreza lo hicieron por un margen ínfimo, quedando vulnerables ante cualquier ajuste en las tarifas de servicios públicos o el transporte.

El dato más alarmante, y el que requiere una mirada profunda, es la infantilización de la carencia. Históricamente, en Argentina, la pobreza en menores de 14 años suele duplicar la media nacional. Aunque los datos generales mejoren, la pobreza estructural en los cordones periféricos del Gran Buenos Aires, el Gran Resistencia y Concordia muestra una resistencia mayor al cambio.

“La estadística es una fotografía de lo que pasó, pero la realidad social es una película de terror que todavía no termina para 13 millones de personas”.

Estamos ante el nivel de pobreza más bajo desde que la crisis cambiaria de 2018 dinamitara la gestión de aquel entonces. No obstante, para que este 28,2% no sea un mero rebote estadístico, la economía argentina necesita transformar el crecimiento en desarrollo. La indigencia en el 6,3% sigue siendo una herida abierta: son casi 3 millones de personas que no tienen garantizado el combustible básico para la vida.

El desafío de 2026 será perforar ese piso. Bajar del 20% requerirá más que disciplina fiscal; demandará una revolución en la productividad y una educación que logre reconectar a los sectores marginados con el mercado laboral moderno.

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