En el complejo tablero de la economía argentina, las voces de quienes han timoneado tormentas previas suelen ofrecer una perspectiva necesaria entre la urgencia del presente y la incertidumbre del futuro. Hernán Lacunza, exministro de Economía y referente técnico del PRO, analizó para El Republicano la coyuntura actual con una mezcla de reconocimiento y advertencia. Si bien destaca el éxito del Gobierno en la estabilización de las variables macroeconómicas más críticas, pone un énfasis urgente en la microeconomía del hogar y, fundamentalmente, en la sostenibilidad social de un modelo que, según su visión, corre el riesgo de dejar a la mitad de la población en la banquina.
Para Lacunza, el punto de partida de la actual administración debe ser valorado desde lo que no sucedió. El fantasma de una desintegración total del sistema económico, que acechaba en el traspaso de mando, parece haber sido conjurado. Según el exministro, “económicamente lo mejor ya se activó que fue haber evitado la crisis primaria, una hiperinflación, un default, el corralito, en eso el gobierno tuvo pericia inicial ya que esas medidas y eso permitió bajar la inflación. Esos son los activos públicos del gobierno”.
Esta lectura sugiere que la “pericia inicial” fue efectiva para desactivar las bombas de tiempo que amenazaban la arquitectura financiera del país. La estabilización, entendida como la eliminación del pánico bancario y la espiralización de precios sin techo, es el capital político más robusto que ostenta el oficialismo. Sin embargo, este orden macroeconómico, necesario para cualquier planificación a largo plazo, no parece ser suficiente para compensar el deterioro de la vida cotidiana.
El análisis de Lacunza se traslada rápidamente del Banco Central a la mesa de los argentinos. Aquí, el exministro marca una distinción crucial entre la inflación como fenómeno estadístico y el poder adquisitivo como realidad tangible. El diagnóstico es crudo: se ha cambiado un tipo de angustia por otro.
“Ahora bien, no pueden hablar del changuito del supermercado, hace dos años se compraban 10 changuitos por mes pero teníamos la zozobra que al mes siguiente podíamos comprar 7 porque la inflación era 10 mensual y eso angustiaba a la gente, ese es un activo del gobierno, pero la contracara es que hoy se compran menos porque la plata no alcanza el disponible en una casa es menos, sabiendo que lo anterior era artificial (ya que se emitían pesos todos los meses)”, explica.
Esta “artificialidad” previa, sustentada en la emisión monetaria desenfrenada, ha dado paso a una realidad de carencia real. El problema ya no es la volatilidad del precio, sino la insuficiencia del ingreso. Lacunza observa que el consumo no solo ha caído, sino que ha mutado en su calidad, y que sectores clave para la generación de riqueza están siendo ignorados en el altar de la baja inflacionaria: “Pero ahora además de comprar menos, cambió la composición de lo que se lleva a la casa y eso está planchado hace un año, la construcción, sectores de manufacturas y el gobierno subestima estos sectores”.
Uno de los puntos más técnicos y a la vez críticos del planteo de Lacunza es la caracterización de la política oficial como una “solución de esquina”. En economía, este término se refiere a una situación donde se maximiza una variable ignorando por completo las demás. Para el exministro, el Gobierno ha caído en una trampa de visión única.
“El Gobierno se apoya en su activo que es la inflación, que es su activo pero hace 8 meses que sube, que hasta acá fue una solución de esquina ya que priorizan la baja de inflación y todo lo demás es un residuo y tiene una consecuencia, el desempleo”, advierte. Al convertir la desinflación en el único objetivo, el sistema productivo comienza a crujir. Si la inflación es el éxito, el desempleo es el costo colateral que el Gobierno parece estar dispuesto a aceptar como un “residuo”, una visión que Lacunza considera peligrosa.
Para el economista, el camino virtuoso no se agota en el equilibrio fiscal o monetario. La sostenibilidad del modelo depende de reformas estructurales que, a su juicio, se han abordado de manera superficial o, directamente, se han omitido.
“Entiendo que el camino virtuoso es hacer reformas, la laboral es una de ellas, que se hizo a medias, pero hay una agenda que conocemos desde chicos que también debería reformarse, en el tema previsional no se hizo nada, la impositiva tampoco”, señala con contundencia. Sin una reforma previsional que muestre un camino al gasto público de largo plazo y una reforma impositiva que alivie la carga sobre el sector privado, cualquier alivio inflacionario podría ser solo una tregua temporal.
Sin embargo, el núcleo de la advertencia de Lacunza no es puramente técnico, sino profundamente político y ético. Su mayor preocupación reside en la gestión de la transición. El exministro sostiene que la importancia de las reformas no reside solo en su diseño final, sino en cómo se atraviesa el desierto hasta llegar a ellas.
Es aquí donde lanza su declaración más potente, una advertencia que resuena como un límite humanitario y social al ajuste: “Son importantes las reformas, cuando estén finalizadas, pero acá lo importante es el trayecto, en el camino no se pueden quedar afuera 5 de diez personas, porque es inmoral y va a traer problemas sociales y políticos”.
Esta cifra no es azarosa. Hablar de que “5 de diez personas” no pueden quedar fuera del circuito laboral es ponerle rostro al 50% de la población que hoy vive en la vulnerabilidad. Lacunza plantea que un éxito macroeconómico construido sobre la exclusión masiva no solo es éticamente insostenible —tachándolo de “inmoral”— sino que es políticamente inviable. El “trayecto”, ese tiempo de espera entre el sacrificio y el beneficio, no puede ser un campo de exterminio para el empleo y la integración social.
